Una línea clave consiste en definir los factores que sirven para medir cómo una empresa ayuda a generar “bien común”. Es decir, cómo asignarle valor según su relación con la sostenibilidad ambiental, la dignidad humana, la solidaridad, la justicia social, la participación democrática y la transparencia, tomando como referencia toda su actividad económica y a todos sus “colaboradores”: empleados, proveedores, clientes y el entorno social. Y este llamado “balance del bien común” superpone al balance económico empresarial. Siendo, en palabras de Felber, la principal herramienta para construir un mercado transparente.
El libro contiene varias propuestas de estrategias de ejecución del modelo, pero estas por ahora se centran más en los pasos futuros del movimiento, con el claro objetivo de ir afinando el modelo. Para disponer de una especie de “manual de uso” que utilicen las empresas (aunque ya hay muchas que se han acogido al modelo), vamos a tener que esperar todavía. Pero lo cierto es que primero hay que ir generando el cambio cultural, y junto a él irán “apareciendo” cada vez mejores herramientas.
Cabe destacar que en apenas 4 años desde su aparición, la EBC ya es apoyada por una cantidad nada despreciable de organizaciones, políticos, ciudadanos y empresas. Según datos publicados, más de 700 empresas de 15 países han optado ya por aplicar sus criterios y en nuestro país son varios los grupos locales y compañías que ya trabajan con estas claves. Más que una tesis, o un libro como el que ahora se publica, la EBC es un movimiento social en ciernes.
Más de 100 empresas pioneras realizaron voluntariamente en 2011 su "Balance del Bien Común". En más de 20 “campos regionales de energía o actividad” se profundiza, extiende y desarrolla el concepto de la EBC. De esta manera, “desde un movimiento abierto a los resultados, se puede desarrollar un proceso de crecimiento local con consecuencias globales”.
Como a cualquier idea emergente, a la EBC no le faltan detractores. Algunos seguidores de las escuelas neoliberales lo tachan de inviable y hasta peligroso. A otros como Carmen Bellver “no deja de parecerle un sistema ilusorio” según afirma en su post donde afirma que la idea de la EBC no se aleja mucho de un socialismo de valores.
En la fase actual del desarrollo del modelo, a la EBC le cuesta presentarse como un modelo alternativo viable frente a las viejas y robustas teorías económicas que hemos asimilado durante siglos. Sin duda alguna, a la propuesta de Felber le falta asentar conceptos y avanzar en la implantación práctica del modelo, más allá de la matriz de los valores, las auditorias del bien común, o ideas tan cautivadoras como la de un año sabático cada 10 años de trabajo.
Un aspecto positivo del modelo es que se entiende a sí mismo como en una situación de Beta-perpetuo porque ha de ser colaborativo, abierto y susceptible a constantes revisiones. Ni Felber, ni el resto de los investigadores de Attac pretenden “sentar cátedra” con un modelo demasiado complejo porque lo que quieren es “despertar conciencias” y demostrar que existen alternativas.

El camino de la Economía del Bien Común pasa por la cooperación como el autentico y poderoso factor motivacional.



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